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Un cuento normal

Normal (adjetivo); Que es predecible, lógico o razonable por ser habitual.
 
Tenía unas pantuflas, unos tenis de lona que había usado cuatro veces y tres pares de zapatos formales. Los tres pares eran de la misma marca y modelo. Negros, de piel, con agujetas delgadas que se entrelazaban en seis pequeños ojuelos. Uno era nuevo y sin usar, el otro era el que estaba usando, y el último, el viejo, eran los zapatos que ya estaban suaves y cómodos como un guante que se moldeaba a su pie, pero que como mostraban ya raspones y la suela estaba un poco resbalosa, no eran apropiados para trabajar.
En su clóset colgaban dos pantalones grises y dos pantalones negros idénticos. Seis camisas blancas de algodón de manga larga todas iguales, y una guayabera blanca que le habían regalado sus padrinos y que usaba durante los domingos en verano. De junio 21 a septiembre 21, únicamente. Tenía un abrigo de lana y un impermeable, ambos negros.
 
Recientemente, hacía tan solo tres meses, Federico había comprado dos sacos: uno de algodón y uno de lana, negros los dos. También había adquirido dos corbatas azules porque la señorita de Liverpool le había dicho que era importante agregar color y que este azul combinaba con sus ojos. Ella tenía una linda sonrisa, olía a agua de azahar y el pelo oscuro, café castaño, le brillaba con la goma que usaba para estirarlo apretadamente en la cola de caballo que dejaba sin obstáculos su frente alta y sus ojos miel grandes. Federico no pudo rehusarse a comprar las corbatas, aun cuando no estaban en el plan que había hecho ni mucho menos en su presupuesto. Se las llevó porque no quiso que ella dejara de sonreír y porque ver que ella las acobijaba en las cajitas con el papel de china le causó admiración. Poca gente tocaba con tanta delicadeza un par de corbatas.
 
Llegando a casa las había acomodado cuidadosamente y alineadas a la pared en la segunda repisa del clóset junto a su suéter gris de lana. Ahí permanecían intactas en sus cajas de cartón delgado. No había prisa.
Las otras dos corbatas de rallas grises que había comprado hacía tres años estaban en perfecta condición, no había necesidad de desperdiciarlas. Además, de lunes a viernes no usaba corbata, excepto cuando venía el gerente de la capital, así que las corbatas grises las continuaría usando y las llevaría consigo en la maleta de viaje.
Los sacos y el impermeable los había comprado especialmente porque en San Francisco la temperatura puede variar en un día hasta 10 grados de diferencia y, aunque solo llueve unos 68 días al año, uno no puede arriesgarse a que los 5 días en que estuviera ahí fueran unos de los 68. Además, la neblina y la costa es húmeda, el impermeable protege contra la humedad y el viento.
 
Ya tenía todo preparado, faltaban 16 días para partir, pero Federico ya había analizado la ruta exacta que el taxi debía de tomar para llegar con menor retraso al aeropuerto. Había llamado a varias compañías para cotizar el precio de esta ruta. Era realmente insultante que no pudieran darle una cantidad exacta. La distancia no varía de un día para otro entre dos puntos, no entendía por qué tendrían que considerar el tiempo en el costo. La distancia es la única constante fija, el tiempo entre un punto y otro depende de la velocidad, y la velocidad depende del individuo que maneje, el tipo de auto, el tráfico, la fricción de las llantas en el trayecto, demasiadas variables para poder establecer un precio justo y profesional. Pero así era. No había ninguna compañía que le pudiese asegurar a Federico el costo exacto de la tarifa del taxi de su casa al aeropuerto. Todos daban aproximaciones.
Técnicamente podría tomar el metro. Eran 6 cuadras al norte desde su casa y luego 3 al este para llegar a la estación, y usualmente le tomaba 12 minutos el trayecto. Pero inclusive el metro no era confiable. Había retrasos, los vagones se descomponían o se llenaban. Era más seguro tomar el taxi.
 
Había apuntado ya en la libreta azul marino y con tinta negra el número de teléfono de la compañía de Taxis ACE, había hablado con las despachadora Rosario y había pedido que le apuntaran la fecha del 23 de marzo a las 9 de la mañana. Pero se había rehusado. No hacemos reservaciones con tanta anticipación, le informó. Llame la noche anterior, le dijo Rosario con la voz chillona y masticando lo que le parecía a Federico que podría ser un chicle, aunque no podría decirlo con certeza, tal vez podría ser otro tipo de dulce. Rosario no entendía, ni quería entender. El necesitaba reservar el taxi ya. ¿Para qué esperar, si la fecha y la hora del avión ya estaba establecida desde hacía un mes y medio cuando compró el boleto? Ya había esperado dos semanas, ¿qué tan difícil era poder tomar nota y calendarizar con alguno de los choferes la fecha, hora y dirección donde lo tendrían que recoger?
 
Rosario no cambiaba de opinión. Federico le imploró: “Por favor señorita, se lo suplico”. Había aprendido que era mejor decirles señorita a todas las mujeres sin importar su edad o estado civil. A ninguna mujer le enojaba que le dijeran señorita, pero él había tenido malas experiencias y que lo tacharan de grosero al decirle señora a varias. En especial fue desagradable la reacción de una que alegaba ser joven y soltera, aunque sus dientes mostraran más de un lustro de sarro acumulado, las manchas de sol indicaran que había trabajado al aire libre por mucho tiempo y la circunferencia de su cadera y bulto estomacal apuntaran a que muy probablemente hubiera dado a luz en algún momento. Bueno, no podría estar seguro del desenlace, tal vez únicamente hubiese estado embarazada.
 
Desde entonces, y para no tener que memorizar más nombres, se refería a todas como señoritas y nunca jamás volvió a preguntarle a una mujer si había tenido hijos o el abdomen flácido e hinchado era cuestión de gula.
Ante el rechazo de Rosario, Federico había apuntado en su libreta “llamar el martes 20 de marzo y volver a intentar reservar el taxi”,.
Le dio las gracias a la señorita y le avisó antes de colgar: volveré a llamar el martes 20 a las 4 p.m. para reservar el taxi.
Rosario le dijo que como el quisiera. Federico no entendía cómo Rosario no podía ver que eso era lo que él quería, que ya se lo había dicho explícitamente. Llamaré el martes 20 de marzo a las 4 p.m.
 
Federico decidió empacar los zapatos nuevos en la maleta. Se llevaría los de medio uso puestos, pues en un viaje nunca se sabe cuánto hay que caminar, es mejor ir a lo seguro con estos que ya están algo domados.
 
Cerró la maleta y la dejó junto a la puerta.
 
Al cerrar los cajones y reacomodar los ganchos vacíos dejando un centímetro y medio entre gancho y gancho, pensó que tal vez, por esta vez sería interesante arriesgarse.
Recogió otra vez la maleta y la asentó en la silla, abrió con cuidado el candado y levantó los broches. Sí, efectivamente habría lugar para algo más.
 
De la segunda repisa, tomó Federico una de las cajas delgadas y lustrosas y confirmó que ahí estaba la corbata nueva envuelta en papel de china. Cerró la caja otra vez cuidadosamente y la depositó entre su ropa interior en la maleta.
 
Uno nunca sabe qué pueda ocurrir en un viaje. Tal vez, esta vez habría ocasión de usar la corbata azul cobalto.

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