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¿Pelear o debatir? la diferencia requiere entender las reglas del juego

Todos hoy somos unos expertos, todos sabemos, todos opinamos, y claro, todos nos ofendemos.

La calidad de las discusiones en los medios sociales se ha rebajado a una serie de gritos e insultos que pocas veces llegan a aportar algo constructivo y que, ciertamente, en muy raras ocasiones sirven  para convencer o iluminar con razones o hechos las posturas de quienes discuten.

¿Por qué no sabemos discutir? Ahora, inclusive hay una gran mayoria que  teme expresar su opinión  y prefiere mantenerse en silencio y al márgen sobre las ideas y hechos de actualidad, para no caer en un conflicto emocional y cargado con quienes forman su círculo social.

Hemos olvidado que en el debate está la cuna de la democracia y la civilización. En el intercambio de ideas, y en el cuestionamiento de ellas, es que encontramos la verdad y podemos avanzar. Pero, hoy en un mundo de ofendidos y de fobias,  hemor perdido la solidez moral y la fortaleza crítica para discutir sanamente.

En una artículo de El País, Fernando Savater explica con brillantez esta situación:

“Toda opinión expresada crea una palestra, un espacio de debate donde se ofrece para ser cuestionada y recibir objeciones o aportes confirmatorios. La única forma aceptable de respetar una opinión es discutirla. Y “discutir”, esa bonita y esencialmente civilizadora palabra, proviene etimológicamente de un verbo que significa zarandear, sacudir, tirar con fuerza de una planta para ver si tiene raíces firmes. De modo que discutir una opinión es zarandearla y someterla a tirones para aquí y para allá, a fin de ver si está bien enraizada en la realidad o es simplemente flora superficial, bonita y aparente pero incapaz de resistir la menor ventolera argumental. No, todas las opiniones no son ni mucho menos respetables, pero todas las personas sí son respetables, opinen como opinen. No hay opiniones sagradas, pero en cambio todas las personas deben serlo”.

“La contrapartida por vivir en una sociedad que tolera nuestras más improbables creencias es tener que aguantar a quienes las critican o ridiculizan. La postura histriónica de sentirse herido en sus convicciones, como si éstas formasen un cuerpo místico en torno a nuestro cuerpo material, no puede anteponerse a la libertad de expresión de los demás, a la cual no tenemos obligación de hacer caso. Y tampoco es de recibo ese tópico hábilmente acuñado que convierte cualquier crítica a grupos o doctrinas en una “fobia”, es decir en una enfermedad moral que dispensa de atender los argumentos ajenos”.

Aprender a formarnos opiniones, analizar nuestros argumentos y compartirlos de manera constructiva y con respeto son herramientas necesarias para salvar nuestra cultura y civilización de la barbarie de las emociones descontroladas y el dogmatismo fanático.

Aquí, un resumen gráfico muy útil sobre las habilidades de la comunicación no hostil:

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