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Nuestra participación como sociedad en la cosificación de la mujer

#metoo #yotambien
“El cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra comprensión del mundo y el boceto de nuestro proyecto”. Simone de Beauvoir

Yo tenía veintitantos años cuando un productor me dijo, “tienes mucho talento, me gustaría mostrarte un guión… en mi apartamento, ¿vamos?”, dije que no. Tuve la fuerza y el valor de decir que no. Nunca volví a trabajar con esta persona y finalmente me fui de esa empresa. Pude, gracias a mi situación, tomar esa decisión sin repercusiones a mi carrera. Pero, ¿y si él hubiera sido mi jefe?

A nadie sorprende que en Hollywood se destape que uno de los ejecutivos más exitosos haya sido un depredador sexual que utilizaba su posición de poder para presionar y acosar a las mujeres que buscaban tener una carrera en el cine. Vemos una enorme lista de mujeres famosas que hoy se atreven a hacer públicas sus experiencias con Harvey Weinstein, y escuchamos a miles de mujeres que también dicen “sí, a mí también me ha sucedido”.

Inclusive, hay un grupo mucho más pequeño de hombres que se han tomado el esfuerzo de condenarlo públicamente. Pero, falta analizar entre nosotros, como sociedad, ¿de qué manera contribuimos a que perdure este tipo de conducta?

Si son más de 13 mujeres las que ahora se han atrevido a hablar de sus experiencias con Weinstein, ¿cuántos alrededor de él sabían de sus hábitos?

Es imposible creer lo que dijo el actor Matt Damon en una entrevista, que “este tipo de conducta ocurre a puerta cerrada y nadie se entera”. Tiene que haber todo un sistema y una organización detrás habilitándolo y encubriéndolo, pues no sucedió una sola vez. Este era su modus operandi.

Esto no ocurre solo en Hollywood. Cualquier mujer puede compartir varias anécdotas al respecto.

Por eso es relevante preguntarnos hoy, dentro de nuestro propio círculo social, ¿no caemos nosotros también en conductas que facilitan este abuso?

Me atrevo a afirmar que el abuso y acoso contra la mujer comienza desde conductas que parecen inocuas, pero que sistemáticamente propician la creencia que la apariencia y sexualidad de la mujer son temas sobre los cuales todos tenemos derecho a juzgar o discutir.

El psicólogo Derald Wing Sue define las micro-agresiones como “intercambios breves y cotidianos que envían mensajes de denigración a ciertas personas debido a su membresía grupal”. Entre ellos, podríamos encontrarnos las bromas o críticas públicas sobre la apariencia y cuerpo de la mujer.

Es común en nuestra sociedad juzgar a la mujer por su falta de cuidado personal “es una gorda fodonga” y al mismo tiempo condenarla por preocuparse por su físico, “está toda operada”, “se viste así para provocar”. Este tipo de comentarios y observaciones tienen como trasfondo la creencia de que la apariencia de la mujer, (su peso, su ropa, su maquillaje, su silueta en general) son representaciones de su valor como ser humano, y que nosotros como individuos tenemos el derecho de emitir juicios acerca de la calidad humana del individuo en base a qué tan bien puedan cumplir con nuestras expectativas de lo que es estético, moral y apropiado.

Estas micro-agresiones son el primer eslabón dentro de un sistema social que condona, y finalmente fomenta, el abuso y acoso sexual hacia la mujer comenzando con su cosificación u objetificación sexual. Al representarla y juzgarla como un objeto de deseo sexual, ignorando sus cualidades y habilidades intelectuales y personales, o en su defecto, haciendo énfasis en su incapacidad para cumplir con tales expectativas estéticas, descalificamos a la mujer como un ser pensante y con voluntad propia.

La objetificación no ocurre únicamente del hombre hacia la mujer. Las mujeres mismas también están condicionadas a internalizar la percepción y opinión de otros sobre sus propios cuerpos como la forma principal de validación sobre su propio valor como individuos. De hecho, en muchas ocasiones, son las mismas mujeres las que perpetúan la humillación de otras mujeres por cumplir o no con los estándares aceptados de vestimenta y apariencia física.

Todos participamos en perpetuar un ambiente en el que la mujer debe de “pedir permiso a la sociedad” para definir y decidir su apariencia y comportamiento. De este círculo vicioso que utiliza la normatividad y la vergüenza no escapa nadie. Inclusive, grandes intelectuales y figuras públicas que se autodefinen como feministas, pueden caer en este comportamiento.

La semana pasada, en un artículo de opinión en el New York Times acerca del escándalo de Weinstein, la actriz y neurocientífica Mayim Bialik (quien encarna el personaje de Amy Farrah Fowler en la serie The Big Bang Theory) escribió acerca de su propia experiencia dentro de Hollywood.

Sin embargo, Bialik, a pesar de que se declaró en contra del acoso sexual, perpetuó (probablemente sin ser consciente de ello) la idea de que la mujer es responsable de tales acosos cuando su apariencia e inclusive su tono de voz, invita al coqueteo.

Recalcando el hecho de que ella, no habiendo tenido un cuerpo sexy o ser una imagen “de un 10 perfecto”, nunca había sido objeto de acoso sexuales, destacó que su vestimenta siempre ha sido conservadora y que ella “no tiene que ir a la suite de un hotel o al sofá de audiciones” para sentir que la gente la admira, prefiriendo en vez la compañía de quienes admiran su intelecto.

Los consejos de Bialick puden ser bien intencionados, no depender de nuestro físico para sentirnos validadas como mujeres, pero encierran veladamente un juicio a quienes tienen una figura o se visten de manera provocativa.

Sus argumentos implican que quienes cumplen con cierta imagen de lo que se considera atractivo de alguna manera están poniéndose y arriesgándose a ser objeto de acoso. Esta idiosincrasia perpetúa la falta de responsabilidad masculina y vuelve a victimizar a la mujer, haciéndola a ella objeto de juicio mientras disculpa la conducta de quienes son unos depredadores sexuales que abusan de su poder y posición para dominar a la mujer. Pues no olvidemos que el acoso y el abuso son manifestaciones de poder, no de deseo.

Toma valor y coraje alzar la bandera y llamarle la atención a quienes cometen una falta. Se requiere de mucha voluntad para no dejar pasar en silencio las micro-agresiones que humillan y denigran a la mujer.

Tanto hombres y mujeres podemos ser cómplices en la humillación de la mujer, muchas veces nuestra participación implica un pecado de silencio u omisión. Por esto hago el llamado a cuestionar cuando veamos conductas que humillen y cosifiquen a la mujer, vengan de quien vengan.

Sobre el asunto del acoso sexual por parte de los productores en Hollywood, el actor George Clooney dijo algo que no debemos olvidar, “cada vez que ves a alguien usando su poder y su influencia para tomar ventaja de alguien sin poder o influencia y no dices nada, estás siendo un cómplice de sus actos”.

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