You are here
Home > Cultura y entretenimiento > Lo que sucedió cuando me harté de que no me saluden

Lo que sucedió cuando me harté de que no me saluden

A uno lo educan para tener buenos modales y saludar siempre. “Lo cortés no quita lo valiente”, me decía mi madre. Pero, he llegado a la conclusión que a veces hay que hacer excepciones a la regla, aunque sea brevemente.

 

Les platico. En general, yo trato siempre de saludar a quienes conozco, me caigan bien o no. A veces fallo porque pues, uno es humano y se distrae o se atonta, claro. Es normal. Pero… ejem, ejem, me ha sucedido varias veces saludar a personas que, a pesar de que me conocen de años, me hagan mala cara o de plano me nieguen el saludo.

 

La verdad a mí eso me afectaba un poco. Y me hacía sentir muy tonta.

 

Se que nadie es monedita de oro, para caerle bien a todos, claro. Pero ser grosero intencionalmente requiere de energía e intención. Pensaba, ¿será que tal vez todo está en mi imaginación?

Me intrigaba entender lo que sucedía y si era solo mi impresión equivocada de estas personas.

Aclaro que, de normal, yo siempre saludaba primero apenas hiciera contacto visual. Si te conozco, te conozco, punto. Yo no distingo, saludo al jefe como al barrendero, pues los modales son un reflejo de mis valores. Pero, en los últimos meses comencé un experimento nomas por curiosa:

 

¿Qué pasa si con esas personas con quienes he tenido malas experiencias al saludar (las tengo bien identificadas a las 4 o 5), en vez de decir hola yo primero y ver si me contestan bien o mal, mejor me espero a que estas tengan la iniciativa?

Quería ver si entonces cambiaba la interacción. ¿Hasta dónde podemos ser groseros o engreídos? y ¿qué tanto me afectaba a mí no tomar la iniciativa?

 

En las siguientes interacciones, me sucedió algo en común. Tuve que hacer un esfuerzo por no saludar primero y esperar. No se me da de normal, me costó trabajo.
Pero los resultados fueron distintos en varias ocasiones. En una, me sorprendieron y me saludaron cortésmente. Bien. De hecho, ahora respeto más a estas personas. Digamos que mejoró la imagen que tengo de estas. La próxima les saludo yo.

 

En otra, siendo yo anfitriona del lugar, uno esperaría algo más de cortesía. Pero no. Al no dar yo el primer paso, nos ignoramos por hora y media que duró el encuentro. Interesante, pero no me sorprendió. Confirmó mi opinión de la persona. Y la verdad, me sentí bastante bien de no haber dado yo una vez más el primer paso y que, como otras veces, me hiciera una grosería.

Les platico esto por varias cosas:

  1. La integridad se demuestra con acciones. Con congruencia entre lo que enseñamos y lo que hacemos. Con la manera en que tratamos a todos, no solo los que extienden la chequera. Debemos ser conscientes de esto, todavía más, si nos ponemos el título de líder y presumimos de filantropía. Saludar es el gesto más sencillo de humildad.

 

  1. A veces vale la pena experimentar y poner a un lado brevemente nuestros hábitos, por buenos que estos sean, para poder ver la reacción de las personas y evaluar nuestra propia incomodidad. Alguien que no te saluda una vez, o algún día te hace mala cara, puede ser un mal día o un error. Alguien que siempre te responde mal, bueno, eso ya es harina de otro costal.

Por mi parte, concluyo mi experimento dándome cuenta que mi incomodidad se basa en mi percepción de mí misma. Un saludo más o uno menos, no importa. Pero ahora tengo claros los puntos anteriores. Y probablemente seguiré saludando yo primero. Soy cortés y soy valiente.

 

Un saludo a todos y me encantaría leer sus comentarios.

Deja un comentario

Top