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EL ESPEJISMO DE LA MURALLA DE TRUMP

Cuando John F. Kennedy se paró en el podio de la Universidad de Rice en Houston en 1962 para declarar “Ahora iremos a la luna”, su discurso tuvo como objetivo enfocar la mirada de los estadounidenses hacia el espacio y las posibilidades del futuro, mientras los distraía de las realidades de la guerra fría y el pánico sobre una posible guerra atómica.
En ese entonces, la estrategia tenía como objetivo, además de la exploración espacial, ejercer una supremacía simbólica mundial y animar al pueblo estadounidense a pensar en positivo y reestablecer la confianza en las estructuras gubernamentales.
Kennedy supo manejar la importancia que un gesto concreto, una imagen específica, puede ejercer en la imaginación y los sentimientos de una población que ha vivido bajo el pánico y el miedo.
Al establecer dentro de su retórica, un contexto histórico para los Estados Unidos dentro de los 50,000 años de historia de la humanidad, Kennedy posicionó la “inminente” necesidad de llegar a la luna, como una obligación para su país, y como la solución tangible a un problema complejo y confuso para los ciudadanos: entender en términos concretos el papel de los Estados Unidos dentro del orden mundial. En 1962 la prioridad era ser líderes del mundo libre y el emblema sería la bandera de rayas y estrellas en la superficie lunar.
Hoy, el nuevo presidente de los Estados Unidos ha usado la misma técnica para concentrar las miradas y el esfuerzo de los ciudadanos estadounidenses hacia una solución tangible a un problema complejo. Construir un muro en la frontera es la manera en que Trump intenta desviar la mirada del mundo lejos de las libertades sociales que él está demoliendo y de la erosión de la justicia democrática en el país, para enfocar el ánimo, miedo y pánico social de los estadounidenses hacia una meta concreta, la muralla americana.
A pesar de que la retórica de Trump causa escándalo y moviliza tanto a sus adversarios como a sus colaboradores, es importante conservar la calma y entender tanto las razones concretas de su afinidad por los gestos magnánimos, como la posibilidad realista de que este muro llegue a ser construido.
Ante la propuesta de construir tal muralla, un ingeniero cuyo nombre en prensa es Ali F. Rhuzkan, da en nationalmemo.com una de las explicaciones más explícitas sobre el reto ingenieril y el costo económico de emprender tal construcción. Detalles que parecen no importarle al Presidente Estadounidense, ya que es evidente que el objetivo es simbólico, no práctico.
Entre las aserciones de Rhuzkan, llama la atención notar que, más allá del reto tecnológico que implica una muralla de 2,000 millas hecha de concreto, las dificultades de logística y de fuerza laboral para tal obra, son casi igual o tal vez inclusive más complejas, que llevar al hombre a la luna.
El clima predominante en el área de la frontera es extremo, condiciones que son sumamente dañinas para verter concreto, por lo que tendría que construirse en pedazos que se ensamblaran en el lugar. Rhuzkan calcula que dadas las especificaciones necesarias para cubrir esta área se necesitarían aproximadamente 12 millones 600 mil yardas cúbicas de concreto o 3, 402 toneladas métricas. “En otras palabras, tres veces más que lo que se utilizó para construir la presa Hoover”, explica en su artículo. Se necesitarían, además, cerca de 5 mil millones de libras de acero para reforzarlo.
Obtener todo este material implica un gran reto para una economía que se ha alejado de la producción de tales materiales. Los EEUU produjeron en 2015 un total de 82,800 toneladas de cemento y se importó cerca de 900,000 toneladas métricas de acuerdo a cifras de statista.com. Pero más allá de lo que implicaría la producción u obtención de los materiales, está el encontrar la mano de obra dispuesta a trabajar en tales condiciones y los retos legales que implica la construcción de tal muralla.
Una cosa es declarar la intención de construir tal obra, comparable a la muralla China o a las pirámides de Giza, y otra diferente es poder realizarla en cuatro años.
El gesto, en este caso, es lo que importa para la administración de Trump. Voltear la mirada del pueblo estadounidense hacia una barrera física que es fácil de visualizar o entender, en vez de tomar la iniciativa más valiente de analizar y resolver las complejidades del sistema económico estadounidense que por un lado depende y requiere de la mano de obra barata del inmigrante, pero que no está dispuesto a pagar o admitir el papel que las corporaciones y los consumidores juegan a la hora de fomentar la inmigración de personas indocumentadas.
No queda más que no nublarse con el espejismo. La muralla ya está construida, existe en un sistema que ignora las realidades sociales y los abusos económicos que este ejerce sobre los ciudadanos de su propio país y de aquellos de donde vienen los inmigrantes necesitados.
Más allá de luchar hoy contra la construcción de una barrera física, luchemos por desenmascarar las circunstancias que llevan a esta crisis social en que vivimos.
Dejemos de caer en el juego de voltear a ver la luna mientras por debajo nos quitan la alfombra de los pies.
Anjanette Gautier

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